En el relato Artículos de exportación de Marcel Schwob (1867-1905) un hombre abatido ingresa a las oficinas del periódico de la locación francesa de Promotou Mode des Batignolles y pregunta si tienen lectores suscritos en el archipiélago Pomotou. El editor encargado consultó el registro y le leyó:

―Diez medio-suscripciones, dieciocho tercios, treinta y dos cuartos, setenta y dos octavos.

El consultor pregunta extrañado si los habitantes no están enteros y se le explica que se suscriben en grupo. Lo que describe Schwob no es raro. Allá en los ya lejanos años setenta de la ciudad de México existían algunos lectores que pagaban la suscripción del Excélsior, El Universal, El Heraldo u otro diario que llegaba a un domicilio y luego pasaba de mano en mano entre los que lo pagaban. Todos tenían el derecho de leerlo un tiempo determinado, digamos media hora.

A veces se reunían a leer el mismo periódico intercambiando secciones como hacían las clientelas madrugadoras de las antiguas barberías. Esperar a que alguien suelte la primera sección era irritante, pero nunca se perdía la cordialidad del compañerismo. Nadie apresuraba a nadie.

También supe de personas que se atrevían a suscribir en grupo a revistas como Selecciones del Reader’s Digest o Proceso. El turno de las lecturas cambiaba para que a cada quien le tocara alguna vez la primera lectura. En este la vuelta de los turnos duraba varios días.

Esa modalidad de posesión de publicaciones no era controlada por los departamentos de distribución de los periódicos; y requería de un gran compromiso de pago, de un sólido respeto hacia los compañeros y de mucha paciencia por parte de los lectores.

Que un grupo adquiera un periódico y lo lea no representa problemas porque es un material desechable; pero las dificultades son fuertes en el caso de revistas que las personas guardan para releer o coleccionan. Son publicaciones que no se tiran.

Unos compañeros de mi primaria intentaron comprar en grupo el comic de Superman de Editorial Novaro en gran formato, la llamada serie Avestruz que era muy incómoda. Pocos números duraron felices compartiendo los gastos porque después trataron de repartir los números que iban quedando y se dieron cuenta que los fascículos separados no tienen el mismo valor que la serie completa. Todos acabaron peleados.

En los viejos barrios del centro no había suscripciones sino voceadores de cabecera, es decir vendedores de periódicos que los llevaban a una hora determinada a un domicilio, un negocio, un café o la banca de algún parque. Había lectores que al terminar de leer dejaban su periódico para el provecho de quien le encontrara. Compartía su lectura, que es la misma buena intensión, aunque un poco más generosa, que llevaban las suscripciones compartidas.


La fotografía de los voceaodres es de 1925 y fue tomada del sitio Ciudad info Tijuana (http://ciudadtijuana.com/blog23/tag/publicidad-tijuana/)

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Etiquetas: Periódicos

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