Por el desarrollo de las ciencias y artes del libro
Queremos datos concretos, cifras que sustenten nuestros dichos, argumentos confiables que nos den paz y certezas, nos obsesiona la objetividad, la cientificidad… La Verdad como sinónimo de racionalidad y como opuesto de emocionalidad. Pero… más allá de una disertación sobre lo que es o no la verdad, habría que preguntarnos antes, ¿desde cuándo y por qué surge esto que se ha convertido casi en una obligación para quien se precie de poseer un espíritu trascendido? Alejarnos de lo que sentimos en una carrera infinita por conseguir lo imposible: desprendernos de lo que somos para ver el mundo desde un lugar neutral.
Previo a la modernidad, el pensamiento como producción
intelectual estaba regido por lo divino, sus consecuencias en el imaginario
colectivo y el posicionamiento de la iglesia como centro de las decisiones y como
única jueza de lo correcto estuvieron influidas en mucho por esa concepción de
que la Tierra era la medida de todas las cosas y la tierra era, por supuesto,
una creación divina.
Cuando el pensamiento moderno logra posicionarse como la forma adecuada de producir
conocimiento se tiene la necesidad de alejarse de lo divino, de lo “dado”, de
lo designado por una fuerza superior. Se evidencia así la diferenciación entre
conocer y saber, entre ciencia y creencia, entre objetivo y subjetivo. Entre
otras muchas herramientas, se utilizó la ciencia numérica exacta para dar
validez a los supuestos y las teorías, era una necesidad asirse a algo que
pudiera tocarse, representarse, verse… racionalizarse.
Sin embargo, esta costumbre convertida en una obsesión
persecutoria de la producción intelectual humana no se eliminó en cuanto la
ciencia logró bajar a la iglesia del cetro del reino de la verdad absoluta, sino
que se quedó a convivir con todos los planos de la vida: desde la academia más
rigurosa hasta lo cotidiano, donde siempre pedimos comprobaciones que nos permitan
fiarnos de los que nos cuentan.
Pero este hábito que nos ha acompañado hasta ahora –no sin
fragmentaciones, cuestionamientos ni propuestas de reforma, por supuesto- no
haya su única explicación en la modernidad y los procesos sociales y políticos
que la desencadenaron. La filosofía aristotélica y platónica –fundadoras del
pensamiento occidental- validaron el origen simbólico de esta separación de lo
humano: razón-emoción.
Ubicaron dos mundos: el del alma –lo elevado, lo trascendido- y
el del cuerpo –lo terrenal, lo carnal-, colocando a la primera como prisionera
del segundo, dotando al alma de una superioridad basada en la capacidad de
abstracción intelectual que jamás alcanzaría el cuerpo.
En esta representación de la idea de la perfección, bajo la
herencia filosófica egipcia y persa, Platón argumentó que la humanidad fue
creada por el demiurgo –creador- como un conjunto seres perfectos, todos
varones, pero que algunos no tuvieron la suficiente valentía y su castigo fue
reencarnar en mujeres, sujetos degradados. Sin embargo, la bondad del ente
creador les dio a estos seres inferiores la capacidad de atraer sexualmente a
los otros, como un sistema compensatorio.
La filósofa argentina Diana Maffía halla en este rasgo el origen
de la homosexualidad griega que mucho se ha colocado como una forma de
civilidad pero que ella argumenta de otro modo: “la vida intelectual sólo era
posible entre hombres (…) –con las mujeres- sólo se podía tener una relación
reproductiva, pero no una relación amorosa entre pares (…) Por eso la Grecia
clásica se ve como una sociedad homoerótica”.
De este modo, aunque la producción intelectual se ha matizado y ya
no todo es calcular y demostrar la infalibilidad de las hipótesis, la jerarquización
de la razón sobre la emoción continúa, en buena medida por la habilidad con que
la institución católica-cristiana supo sacar provecho de esta dicotomía –como
con otras corrientes del pensamiento-, hacerla suya e integrarla a su
feligresía mediante metáforas y relatos que señalan lo mucho que daña “dejarse
llevar” por las emociones, todas, contrarias al objetivo de honrar a un ente –masculino-
sabiamente ecuánime.
Así, se sigue limitando el horizonte de lo que la humanidad
puede crear, vislumbrar, dado que nos entrenan diferenciadamente para bloquear
un polo de nuestra potencialidad: los hombres no aprenden a fluir con la
emoción –forma primaria de experimentar el mundo- y las mujeres no aprehendemos
la racionalidad como una vía eficaz de reelaborar el universo. El tiempo y el
esfuerzo que se pierden en el proceso de unión de los polos, bien podría usarse
en transitar nuevas rutas de pensamiento, entendimiento, vinculación.
Maffía, Diana. “El contrato moral” en Carrió, E. y Maffía, D. “Búsquedas de sentido para una nueva política”. Buenos Aires, Paidós. 2005.
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