Por el desarrollo de las ciencias y artes del libro
En esta madrugada, entre las sombras del pasillo, miro al fondo los libreros sujetando demasías y mi vieja escribanía llena de papeles que he guardado con un propósito que ya no alcanzo a recordar. Dentro de poco nos mudaremos de apartamento a uno más grande y confortable y será un problema empacar. La mudanza servirá para desempolvar lecturas y saludar a viejos autores amigos.
A ojo de buen cubero puedo decir que me hacen falta por lo menos cuatro libreros más. Los libreros son estuches de lecturas próximas y pasadas, muebles que reflejan cultura o instrucción. Poco a poco se van dejando de adquirir. De hecho, las nuevas viviendas no tienen espacio para familias de más de un hijo ni para libreros; no están diseñados para lectores. Para los llamados desarrolladores, la lectura es un problema intrascendente y extraño.
En esta situación pienso en el relato “Un oficio” de Juan Luis Nutte, que forma parte de su libro Anécdotas sedientas publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana. El protagonista, de nombre Juan, es conminado a hacer algo de provecho, a dejar de perder el tiempo al leer y escribir, a buscar un trabajo.
La madre de Juan lo amenaza con que su padre le quemará “los chingados libros”. El muchacho acude al carpintero del mercado y su madre le pregunta: “Qué diferencia, hasta vas a agarrar color… y qué ¿si quieres aprender o nada más te harás güey?”. Él contesta que quiere hacer muebles para hacer un librero y un escritorio y “escribir como Dios manda”.
Para seguir leyendo como Dios manda tengo que hacerme de espacio y libreros. Nuestros abuelos novohispanos usaban cofres para guardar sus libros, cofres como los que en los cuentos de piratas contenían tesoro. Los libreros se me presentan como cofres sin tapa, colocados de manera vertical, que van acumulando la fortuna de una persona, y esa fortuna no debe ocultarse, tiene que estar a disposición.
Es posible tener libros en guacales de madera o cajas de cartón; pero, en mi humilde opinión, considero que su lugar más digno es un librero. Se pueden tener libros en el suelo, hacinados en las repisas, apilados en los sillones o bajo la cama, porque son piezas vivas, son cosas familiares; pero no deben guardarse en otro lugar que aquel que reclama su naturaleza.
Ver un librero lleno de lecturas y relecturas efectuadas hace que el espíritu se sienta honrado, de algún modo participe del lustre que significa su posesión y tenga esperanza sobre el futuro y el futuro de las siguientes generaciones. Los libros son la herencia más valiosa que dejo a mis hijos, la que no se puede sustituir ni siquiera con los estudios profesionales.
Hay libreros de líneas elegantes y costosas maderas olorosas, algunos incluso con vitrinas, herrería y puertas corredizas. Existen otros libreros toscos y pesados o de material aglomerado. En la casa somos austeros. Los libreros no son fastuosos aunque son de una muy decorosa madera roja.
Los libros, nuestros libros, se van volviendo de culto en una sociedad iletrada y en un mundo donde no importa el acopio de objetos sino el acceso a los contenidos, un mundo en el que ya no existen mercados sino redes comerciales. En unas décadas, tener libros será impensable; pero en esta noche de enero de 2012 –en la que confieso estar anclado en el pasado– pienso en comprar más libreros.
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© 2012 Creado por Alejandro Zenker.
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