
El sábado 31 de octubre de 2009 al mediodía fui con mi familia al campus central de la Universidad Nacional Autónoma de México en Ciudad Universitaria para ver las ofrendas de muertos que tenían como tema central a Edgar Allan Poe por el bicentenario de su nacimiento. Fui con la ilusión de estar dentro de mi Alma Mater y ver el homenaje que le habían organizado al que considero el mejor escritor.
Del tamaño de la ilusión fue mi desencanto. Eran ofrendas de distintas escuelas, direcciones y facultades de la UNAM, de escuelas incorporadas y una que otra entidad añadida, con poco presupuesto pero mucho menos imaginación. Gatos negros y cuervos por todas partes demostraban el conocimiento superficial de la obra. Algunas tenían como tema los cuentos
El corazón delator,
Berenice y
El entierro prematuro y sólo una
La máscara de la muerte roja y otra
El hundimiento de la casa Usher. Es decir que quienes hicieron los montajes conocieron a Poe por monografías de papelería.
Algunos expositores explicaban que el problema fue conjugar los elementos mexicanos que los organizadores les solicitaban utilizar con el escritor. Incluso llegué a escuchar de un estudiante que lo más difícil era expresar el ambiente inglés de Poe. No se si se refería a la cultura de la lengua inglesa o a la cultura gótica, pero me pareció que quien hablaba realmente no sabía dónde nació Poe.
Pasamos por un carrito de recuerdos universitarios que estaba cerrado a las 12:00 horas y una parte de puestos de comida que no se daban abasto. La Biblioteca Central estaba cordialmente llena de lectores, la vida que Poe siempre quiso y no tuvo.
Me la pasé bien porque iba con mi esposa y mis niños que todo lo encuentran divertido y porque siempre es bueno estar en Ciudad Universitaria. Lo que me disgustó es ver tan lastimado el pasto del campus por la exposición ¿no está un corredor de piedra alrededor? También observé una ofrenda a Luz y Fuerza del Centro, alegoría que tiene razón porque la compañía está bien muerta y en el infierno.
El 7 de octubre pasado se realizó en Baltimore, Maryland, un funeral multitudinario en honor a Edar Allan Poe con personas disfrazadas de escritores como Arthur Conan Doyle y Alfred Hitchcock. Se buscaba resarcir la injusticia de su muerte.
El 27 de septiembre de 1849 Poe salió de Richmond, Virginia, y se dirigió a su casa en Nueva York. El 3 de octubre de 1849 el escritor, que solía intercambiar copas por historias bien contadas, fue encontrado tembloroso y gritando angustiado frente a una taberna conocida como Salón del Artillero. Poe nunca vistió con lujos aunque si con decoro, pero iba mugriento y la ropa que llevaba estaba raída y no era de su talla: camisa sucia, chaqueta de bombasí, zapatos sumamente desgastados y un viejo sombrero de paja.
Nadie sabe qué pasó en el último viaje de Poe y se ha especulado que quizá se le obligó a votar en las elecciones que transcurrían en la región y se le dio a cambio alcohol adulterado. También se ha barajado la decisión suicida de sumirse en el alcohol o una crisis de alguna enfermedad como tuberculosis o sífilis.
Los últimos días de Poe fueron de un dolor intenso y en el delirio intenso en un hospital para alcohólicos, preguntando si había esperanza más allá de la vida y expiró diciendo “¡Señor, ayuda a mi pobre alma!”
Su funeral no pudo ser más indigno. El cuerpo iba en una caja miserable de caoba tan delgada que parecía papel, sin manijas, forrada de trapo y con una almohadita para la cabeza; y fue enterrado en la sección pobre del cementerio de Westminster ante una decena de personas. La ceremonia duró tres minutos porque el reverendo que presidió la ceremonia juzgó que no valía la pena hablar por un muerto con tan pocos dolientes. No tuvo lápida porque, poco antes del entierro, un tren descarriló y destruyó el depósito donde estaba guardada.
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