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Los policías llevan la misión de, dado un delito, buscar a los infractores; y los fiscales deben procesar a los presuntos delincuentes para establecer su situación de responsabilidad más allá de la duda razonable. Juntos representan a la autoridad encargada de defender a la sociedad y procurar la justicia. Bajo ese supuesto Dick Wolf creó uno de los programas de televisión más logrados: La ley y el orden.

Este serial, cuya acción se desarrolla en Nueva York, conjuga la actividad detectivesca con la confrontación intelectual de los juzgados. La policía tiene que conocer y manejar derechos civiles y procedimientos legales para fijar culpables, presumir y arrestar; así como los abogados de la sociedad deben demostrar las acusaciones apoyados en líneas de investigación de las que son coautores. Sin embargo, los casos, la incógnita, su desvelamiento, es lo de menos, lo que provoca La ley y el orden es una ilusionada avidez del actuar de las personalidades que existen televisivamente, es decir, los protagonistas están íntegramente trasladados a imágenes intensas, ceñidas y definidas. Al estilo del memorable El precio del deber, los personajes entran, mueren o se van y eso inyecta realismo, levanta tensión. Benjamín Stone (Michael Moriarty) es un asistente ejecutivo de fiscal católico con problemas morales ante la fina línea entre inocencia y culpa, que renuncia a su puesto luego de presionar a una joven para que testifique contra la mafia, sólo para ser asesinada. Lo suple Jack McCoy (Sam Waterston) a quien le gusta utilizar al máximo los mecanismos del sistema de justicia y que fue nombrado fiscal de Nueva York. Actualmente el cargo de asistente ejecutivo lo ocupa Michael Cutter (Linus Roache) que vive más preocupado por ganar los casos que por llegar a la verdad.

Lo interesante es la dimensión humana que le confieren los productores y creadores. En La ley y el orden se combinan los elementos visuales en su momento justo, en su doble dimensión espectacular y argumental: una trama policiaca firmemente tejida, con mano segura y sobria; y un desfile de discursos legales donde hasta el menor detalle irradia emoción y dramatismo. Ante el crimen en todas sus formas: un médico que insemina a sus pacientes con su propio esperma para perpetuarse; una mujer que asesina a su hermana para suplantarla y huir de sus deudas; un juez que se inclina ante el poder del dinero; el joven desquiciado que mata a un matrimonio creyendo que eran sus padres, que se habían mudado; esclavistas de inmigrantes; criminales que alegan enfermedad mental; religiosos que asesinan a practicantes de abortos... asistimos a un despliegue de imaginación, presentación de escenarios, conexiones, anticipaciones, expectativas, ángulos inesperados. Los diálogos son oportunos, sin estorbo o relieve, lo cual se debe a la plena eficiencia del equipo de escritores de Ed Zuckerman y a los editores. Todo, desde la fotografía hasta la buena música de Mike Post, quiere decir algo en función del drama acontecido. Observamos invención, proyección a largo plazo, consecuencias que se anticipan y se siguen con una renovación constante de la sorpresa visual. Partes substanciales transcurren en disquisiciones y sin embargo se ve todo lo que hay que ver, no desmaya el interés, la impresión no se atenúa.

Si en México tuviéramos en el Instituto Nacional de Derechos de Autor alguna persona con motivaciones un poco semejantes a lo que mueve a los personajes de La ley y el orden, tendríamos un organismo realmente fomentador de la cultura de los derechos de autor y el desarrollo cultural del país. Pero en este rubro, los derechos de autor, la actuación policíaca sigue siendo limitada porque los delitos no se persiguen de oficio y el órgano encargado de administrar justicia, Indautor, está sumido en la burocracia administrativa.

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Etiquetas: Derechos de autor, Indautor, Televisión

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