Cuando era niño me gustaba la época de elecciones. Eran tiempos de mucha actividad en nuestro pequeño departamento del barrio de Mixcalco en el centro de la ciudad de México. Mi padre era panista y cada elección, sin ser candidato, aportaba dinero, tiempo y esfuerzo a su partido. Con un viejo aparato de sonido salía a espotear o montar un improvisado mitin sin importar el número de personas que lo escucharan. Los partidos políticos no recibían subsidios, las personas actuaban por principios y creo que esa fórmula debería prevalecer.
Mi madre preparaba engrudo hecho con la misma harina que servía de ingrediente de cocina y la brigada familiar salía en la noche cargando cubetas, una escalera a hombros y carteles de distinto tamaño. En esas ocasiones era raro no ver algunas calles atrás al personal de servicios públicos bajo la consigna de ir despegando esa propaganda y que amaneciera puesta era un verdadero triunfo. También entregábamos volantes en las avenidas o los mercados recibiendo la mayor parte de las veces insultos y expresiones de hartazgo por un esfuerzo político nunca realizado. Porque han de saber que el “¿para qué votar?” es tan viejo como la falta de responsabilidad política de la mayoría de los mexicanos.
La Ciudad de México de piedras viejas y grises paisajes, de los que se asfixian en vagones de metro y los que desesperan en estacionamiento de centro comercial, de los que no tienen a qué ir a Ciudad Satélite y los que temen pasar por Ciudad Netzahualcóyotl, de los que cenan en café de chinos y los que se reparten con tortillas un plato de salsa, de los que temen por su vida al ser asaltados y los que al ser despojados se les arrebata toda la vida, de los que no usan efectivo y los que al ir de compras son llamados marchantes, de calles de circulación exclusiva y barrios bravos; la región de las más cordiales escenas y de las mayores indiferencias e infamias; esta metrópoli multitonal vive un momento de interrogación.
En esta campaña política de 2009 no ha habido tanto uso del papel en propaganda sino de plásticos. Los años de elecciones habían sido buenos para la industria de las artes gráficas pero este 2009 no es así. Hay un descenso del 40% en pedidos de propaganda política para las imprentas. El papel que en otros años inundaba los postes y bardas de baldíos ha sido sustituido por mantas y pancartas que implican menos espacio. Hay menos contaminación visual pero el material es indudablemente más contaminante. Comoquiera, que haya menos propaganda en una ciudad acostumbrada desde hace años a desviar gran parte del presupuesto público hacia las campañas perredistas, hacia los grotescos candidatos perredistas, es un verdadero alivio.
A veces soy ecologista y como tal reconozco las tristes ideas de un dizque Partido Verde que sólo por afán presupuestario pide fabricar abono con los secuestradores y los asesinos. Pero, cual ecologista inconstante, sugiero que como los actuales partidos políticos reciclan candidatos, o éstos brincan de senadores a diputados y viceversa, guarden su propaganda para las siguientes elecciones.
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