
El agente más importante en una feria del libro es el lector, no son los sellos editoriales ni los escritores, sino las personas que acuden a ver las novedades y los catálogos expuestos, hojean los libros, leen las solapas, los compran y, con suerte, hasta los leen.
No existe en México una feria orientada a los lectores, un espacio donde se puedan intercambiar libros o venderlos directamente. Si tengo una pila de libros que ya leí y no voy a usarlos para consulta o no me es necesario conservarlos, bien puedo encontrar a alguien que tenga otros libros que pueda cambiar, si es que llegamos a un acuerdo en cuanto a precios equivalentes.
Esa feria o ese tianguis sería una de las mejores contribuciones a la cultura lectora. Veríamos letreros muy interesantes: “Cambio mi biblioteca de libros infantiles por clásicos griegos y latinos”; “Cambio un García Márquez por un Vargas Llosa”; “Busco Arreolas”; o “Solicito libros de Spota”. Conozco varios estudiantes de carreras profesionales que con gusto intercambiarían el libro de texto que no los dejó dormir o el libro que casi ni abrieron.
La actividad en esa feria sería alegre porque uno iría a mercar el libro, a pedir una rebaja o a negociar el precio. También los títulos se comentarían, se pregonarían sus virtudes. Sería un intercambio de libros de lector a lector.
Sin embargo, esa feria no conviene a la industria editorial, como tampoco a las librerías de viejo que suelen pagar muy poco por bibliotecas de viudas, de huérfanos o de lectores que quieren limpiar sus libreros. Es mucho pedir en este país.
Viene la Feria del Palacio de Minería de la UNAM en su XXXI edición y sigue siendo el espacio cultural más importante de la ciudad de México, pero físicamente es un espacio arcaico, pequeño, incómodo y cada vez más injustificable. La UNAM se empecina en hacer una feria que bien podría trasladarse a Ciudad Universitaria o al Palacio de San Ildefonso. Es el peso de un coto de poder que difícilmente abandonará la Facultad de Ingeniería, es el peso de una mala costumbre que es llamada tradición.
Realmente el director de la Feria de Minería, el gran Fernando Macotela, hace milagros para que la feria brille, para multiplicar el poco espacio físico.
El evento será del 17 al 28 de febrero de 2010 en la calle de Tacuba, entre Filomeno Mata y la calle de la Condesa, en el Centro Histórico.
Recorrer los pasillos en fin de semana, empujado por olas de público que carga bolsas y con el bochorno del encierro, es un suplicio no apto para personas de la tercera edad o niños pequeños. Los stands son minúsculos y no hay en ellos la alegría ferial que debería. Los baños son insanos, olorosos, indignos. Uno no entiende por qué cobran la entrada.
Afuera del recinto se colocan puestos de libros viejos que tienen los mismos títulos a un precio más bajo. Son libros de la UNAM, libros de segunda mano o de plano libros pirata. Son puestos de búsqueda que exigen mucho tiempo.
De todas suertes, como cada año desde que tengo memoria, acudiré gustoso a la Feria de Minería a respirar papel y tinta y regatearle a mi bolsillo los más de los libros posibles.
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