Hace unos meses un viejo amigo me enseñaba orgulloso la edición de cuentos de Ambrose Bierce, aquel escritor norteamericano que cruzó la frontera con México en tiempos revolucionarios, conoció a Pancho Villa y desapareció, lo que inspiró a Carlos Fuentes a escribir Gringo viejo. La particularidad de la obra es que había mandado a encuadernarla con piel de su querido perro, por supuesto muerto de ancianidad.
La textura del libro, tras revelarme mi amigo el homenaje que prodigaba a su mascota, era otra. Recordaba al enorme perro, siempre sucio y amistoso, un poco como me imagino a Bierce en sus últimos días. El encuadernador tenía la idea entusiasta de unir a los dos mejores amigos del hombre, el libro y el perro, y aplaudió mi comentario sobre que el can seguiría teniendo un lomo para sobarlo.
He sabido de casos de quien manda embalsamar a sus mascotas y las usa como centro de mesa o de adorno en un mueble especial de la sala, lo cual me parece un exagerado apego a la materia. Me quedo pensando cuánta piel de animales he desperdiciado. Pude tener libros con los gatos, perros, conejos y caballos de mi infancia y escogerles un buen título de un gran autor. En particular mi gato Bichis Panguiu, aquel que sabía abrir el refrigerador y robaba la comida de la estufa, podría hoy proteger a Borges, Poe o Lovecraft. Era muy libre ese gato, animal que prefiero al perro precisamente por su espíritu indómito. Ya se sabe que “el perro es de su amo y de la casa el gato”. Cuando murió el Bichis lo enterré en un panteón de Querétaro. Hubo en la casa muchos conejos, uno de ellos le llamé Schopenhauer y bien podría con él, que estaba bien comido, haber parchado mi vieja edición de De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente.
Lo cierto es que el comercio de piel de perros y de gatos no es algo raro. Con ella se hacen guantes, zapatos, chamarras y juguetes. China es el principal comercializador de esas pieles en el mundo. Miles de animales de criadero son desollados, generalmente vivos, para satisfacer el enorme mercado interno, pero también para la exportación a Alemania, Francia, Italia y Estados Unidos. Las cifras de la barbarie son de cientos de miles de criaturas muertas bajo terrible sufrimiento.
En México existen productos que dicen ser de cabra y en verdad son de gato. Para la gente de bien y de a pie no es posible encontrar diferencia alguna.
Pero volviendo a la idea de reciclar la piel de los seres queridos, ha habido quien mandó encuadernar sus libros con piel humana. Camille Flammarion siempre alabó los hombros de una condesa que le admiraba y antes de que ella muriera de tuberculosis dejó estipulado que el astrónomo francés recibiría su piel curtida que sirvió como forro para el libro Las tierras del cielo.
Etiquetas: Encuadernación
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