Una librería es un lugar de cultura pero, sobre todo, es un negocio. Lo que se vende en ella no es tanto los montones de libros más o menos recientes, sino un servicio de orientación. El cómo se acomodan los libros, el cómo se presentan, el cómo se habla con los lectores es lo realmente importante.

 

En ese sentido, se deben administrar las evidencias: los espacios y los procesos. En varias ocasiones he pagado libros llenos de polvo o manchados, pero me sentí muy bien cuando una librera buscó otro ejemplar de El planeta de las posibilidades imposibles de Louis Pauwels, Jacques Bergier y Ángel Sabrido para cambiarlo; al no haber otro, la mujer limpió la cubierta con alcohol y limó cuidadosamente los cantos. Me sentí especial e importante y, por supuesto, eso causó que haya regresado a la misma librería.

 

Uno debe recordar el grado de cordialidad y eficiencia que brindan las librerías por medio de ciertos signos que son nombres, uniformes o colores. El color es, junto con el logotipo y la tipografía del nombre, parte de una simbología utilizada para el posicionamiento de la librería en los lectores. A veces ver una bata de trabajo basta para saber que no debemos entrar a un lugar sin armarnos de valor y paciencia.

 

Hay colores que identifican a las librerías como el rojo en el caso del Fondo de Cultura Económica, el verde para Educal, el amarillo para Gandhi y el azul para El Sótano. Son colores que utilizan de manera constante en paredes, letreros y bolsas. El uso de esos colores no es algo fortuito sino parte de una política de comunicación, una estrategia de servicio integrado.

 

Un color debe identificar a un establecimiento pero también debe adquirir significado, que éste sea positivo se logra sólo con el tiempo, con el buen servicio constante. Corresponde pues a un compromiso que día a día debe cumplirse.

 

Las librerías de la Universidad Nacional Autónoma de México en la década de 1980 y mediados de 1990 usaban el color azul marino que las distinguía como sobrias y académicas. Era, además, el color institucional. La UNAM utiliza el azul reflex en sus documentos oficiales.

 

Alguien advirtió que las librerías universitarias tenían una muy mala fama y se le ocurrió pintarlas de anaranjado. Las personas comentaban que sentían que las librerías parecían instalaciones del servicio de limpia u oficinas del Sistema de Transporte Colectivo Metro. La campaña se identificó con el eslogan: “Libros UNAM, libros con espíritu”. En vez de mejorar el servicio, prefirieron cambiar el vestido, pero con muy mal gusto. Otra administración más usó un confeti de colores.

 

La pésima fama del servicio de las librerías de la UNAM continúa. No tienen todos los libros que publica la UNAM, a la casi totalidad del personal no le interesa atender a alguien, están desangeladas y no parece haber orden. Debemos recuperarlas, reestructurarlas, debemos hacer que correspondan con la imagen institucional, con la marca de una casa de estudios; pero eso sólo se puede lograr a través del largo camino, del trabajo diario. Sólo así el color azul reflex será en el mundo de los libros algo que todos recuerden para bien.

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Etiquetas: Librerías, Marketing

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