
Veía con mis hijos un programa de televisión en el que un petrel gigante de la Antártica atacaba a los pichones de pingüino cuyos padres se descuidaban y una de mis niñas comentaba indignada por qué el camarógrafo no ayudaba a un polluelo que agonizaba ante los picotazos. La cólera es lógica en una persona con sensibilidad ante la vida, alguien que entiende pero no aprueba que la investigación científica y la comunicación científica puedan ser tan indiferentes.
Pero, ¿si no fuera un pingüino, sino un ser humano lo que vemos sufriendo? Pues bien, el canal Red Uno de televisión boliviana acaba de pasar, para ser precisos el 17 de noviembre de 2009, la violación de una niña de 13 años por parte de cinco jóvenes, lo que ocurrió en la región de Santa Cruz. Un reportero y un camarógrafo fueron testigos de ese acto depredador y de forma inhumana no sólo no ayudaron a la chiquilla sino que filmaron la escena y la comentaron en vivo. Eso, que me perdone la objetividad informativa, lleva una carga diabólica inmensa. Simplemente debemos expresar que no es posible. Cualquiera dejaría la lente, el micrófono y la vida por proteger a esa niña.
La televisora de Bolivia pasó el reportaje con toda su crudeza y tampoco concibo qué estaba pensando el jefe de información. No sólo denigran a su país y al periodismo, sino a la humanidad. Fue una decisión triste.
Ha habido protestas de la Federación de la Prensa de Santa Cruz, la Federación de Trabajadores de la Prensa de La Paz y la Defensora del Pueblo de Santa Cruz; y la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados busca procesar a los responsables de la difusión de los sucesos.
La televisora trata de defenderse. Primero dijeron que eran escenas en exclusiva y, ante el alud de críticas, comentaron que eran imágenes de un videoaficionado. Luego presentó a la supuesta protagonista declarando que tiene 17 años y que estaba bailando con unos amigos. Es decir, su defensa es que mintió, que montó un hecho que le pareció lo suficientemente morboso como para captar la atención del público. No se sabe si creerles que falsificaron la historia o que es ahora que sostienen una falsedad.
Comoquiera, el gobierno de Bolivia debería inhabilitar de por vida al periodista, al camarógrafo y al jefe de prensa y obligar a la televisora a pagar una millonaria indemnización a la niña, si en verdad ocurrió la violación; o clausurar el medio, si es que sus programas informativos pasan mentiras en vez de noticias. Nadie espera menos.
Pero lo más importante, lo que debería de atender Evo Morales, que se aferra al poder y al presupuesto encarcelando opositores, es la creciente agresión sexual contra las mujeres bolivianas y, en particular contra las niñas. Según Guillermo Mendoza, presidente de la Comisión de Política Social de la Cámara de Diputados, diariamente hay 12 denuncias de violación y el 60% de las víctimas son menores de 12 años. La cifra negra, la que no se denuncia, es igual de espantosa o más. Por eso el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha llamado a la sociedad boliviana a reflexionar sobre la situación de sus menores y enfrentar el problema.
La sociedad boliviana es machista, desprecia a la mujer; pero su patología ha empeorado. Debemos recordar hoy 20 de noviembre, fecha en la que se celebra el Día de los Derechos del Niño, que una sociedad que no cuida su futuro, a sus niños, comete suicidio.
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