
Nos dice Juan Ramón de la Fuente, exrector de la UNAM pero, sobretodo y afortunadamente, excandidato a la presidencia de la República, que la aprobación de leyes antiaborto en 17 estados mexicanos es un embate contra el Estado laico; y que cuando el laicismo es vulnerado los estados se acercan al autoritarismo y al fundamentalismo, en detrimento de la diversidad, de la pluralidad y del respeto.
Ese es el discurso de los talibanes del laicismo que critican y descalifican autoritariamente decisiones democráticas y postulan la diversidad del pensamiento, siempre y cuando coincida con ellos; de la pluralidad si todos los demás sólo escuchan su voz; y del respeto a su egoísmo.
De la Fuente es de los que cree que como nació primero tiene derecho a decidir que los que no han nacido mueran en el vientre de su madre. Es el derecho del más fuerte sobre los que no pueden defenderse, los que no tienen derechos, los que ni siquiera son considerados seres humanos. A fin de cuentas, todos los que están a favor del aborto, lo pueden estar porque nadie les impidió nacer.
Para personas como Ciro Gómez Leyva quien está en contra del aborto coloca a Dios por encima de la mujer, y es que su dicotomía simple también excluye a los niños que son los verdaderos protagonistas del problema, porque son los niños quienes mueren en el aborto o son defendidos por los antiabortistas.
Lo incongruente es que quienes están a favor del aborto defienden la conservación de las especies y pueden hasta hacer marchas para que salven los huevos de tortuga o los teporingos del Ajusco pero están de acuerdo en que una madre tire a su hijo por el excusado.
La humanidad ha sido testigo de sociedades que defendieron un pensamiento excluyente y lo justificaron científica y filosóficamente, como la Alemania nazi que consideró que los que no eran arios no merecían participar en política, no debían expresarse, no podían tener propiedades privadas y, al final, no tenían razón de vivir.
Que unos judíos entraran a una cámara de gas disfrazada de estación sanitaria, es lo mismo que unos bebes vivan en un recinto de muerte disfrazado de útero materno.
En la ciudad de México nacen cada vez menos personas con síndrome de Down porque su diagnóstico se ha tomado como una práctica eugenésica. Se supone que existe una convención de Naciones Unidas de 2006 sobre los derechos de las personas con discapacidad, que deben tener las mismas oportunidades que los demás; pero el aborto eugenésico los excluye precisamente del primer derecho, que es el derecho a la vida.
¿Cómo podemos pensar que una mujer tiene derecho a matar a su hijo y que eso es libertario, progresista y plural? Esa es parte de lo que analizan en su libro
Arquitectos de la cultura de la muerte de Donald de Marco y Benjamin Wiker publicado por Ciudadela Libros en 2007 con traducción de Carlos Fidalgo Gallardo.
La encíclica
Evangelium Vitae de Juan Pablo II de 1995 habla de la cultura de la vida en oposición a la cultura de la muerte que tiene que ver con el aborto, la eutanasia y la experimentación con embriones. Y los autores de
Arquitectos de la cultura de la muerte se dedican a exponer la vida y las ideas de quienes han participado en derribar las cuestiones que habían hecho que la humanidad respetara su existencia.
Son los evolucionistas de la eugenesia como Charles Darwin o Ernst Haekel; los adoradores de la voluntad como Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche o Ayn Rand; los utópicos seculares como Karl Marx o Auguste Comte; los existencialistas ateos como Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir; los buscadores de placer como Sigmund Freud o Wilhelm Reich; los planificadores de sexo como Margaret Mead o Alfred Kinsley; los traficantes de muerte como Derek Murphy o Jack Kevorkian.
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