Una vez, cuando era estudiante, el pesero donde viajaba chocó. No es raro accidentarse en esta ciudad de México donde se maneja tan egoísta como imprudentemente. Fue una tarde nublada en la colonia Doctores. Recuerdo que iba vestido con una chamarra roja porque me alegró que ese color ocultara una gran mancha de salsa de unos tacos de tripa chisporroteante que había almorzado. Buenos tacos de esos que dejan una capa de grasa en el paladar y aclaran la garganta. Muy buena salsa esa, en exceso picosa y consistente, tanto que quemaba los labios y alegraba al espíritu.
Iba leyendo en ese
momento a Yukio Mishima, aquel escritor japonés que se suicidó usando el ritual del seppuku que consiste en cortarse el vientre con una daga de izquierda a derecha, regresar por el corte hasta el centro e ir hacia arriba hasta el esternón. Se trataba de El marino que perdió la gracia del mar que me mantenía pegado al papel porque se trataba de un hombre que se enamora de una viuda que tiene un hijo adolescente y el drama aparente consistía en ser aceptado por el muchacho y adaptarse a una vida en tierra; sin embargo había más.
El protagonista,
aquel marino de nombre Ryuji Tsukazaki, enfrentaba el inaguantable dolor de separarse del ser amado y debía convertir al último puerto en su hogar; pero en el fondo estaba huyendo del tedio de las actividades de su barco que básicamente eran la espera y poco a poco se encuentra con la rutina de la vida que le parece sin sabor y sin color. La espera de un mañana maravilloso no estaba en el mar, la desolación había bajado con su equipaje.
Iba sentado atrás del
chofer del lado de la ventana y la calle se había transformado en mar embravecido. ¿Cómo es posible, le iba preguntando a Ryuji, sentir asco por el inmenso misterio de la vida, por la libertad del océano? Sentía las aguas agitándose bajo las ruedas del microbús, y hasta podía escuchar las olas que rompían contra las ventanas aunque a ello contribuía el volumen tan alto de la cumbia que retumbaba por donde pasaba nuestro transporte. Y es que el chofer era la mar de extrovertido, tanto como para no avergonzarse de su gusto musical.
Un zigzag violento me
hizo levantar la cabeza y ver que las calles vueltas líquido pasaban muy rápido y sujeté el libro con fuerza. Una muchacha a mi lado se recargaba sobre mí con insistencia, por lo que le di un poco la espalda para proteger mi lectura.
Una serie de enfrenones
ya muy avanzada la calle de Dr. José María Vertiz, resultó en el anuncio de mareo que no sólo interrumpió definitivamente mi lectura sino que me preocupó por sus graves implicaciones para con mi almuerzo de tripas bañadas en salsa de chile de árbol.
Vi entonces hacia
babor un coche que se nos proyectaba directo al costado y al chofer dando un golpe de timón hacia estribor. Nos habíamos pasado el alto del semáforo a toda velocidad. Me sentí Charlton Heston en Ben Hur en la escena de las galeras cuando los piratas macedonios van a abordar el barco insignia de la flota romana. Aferré el tubo del respaldo del sillón del chofer y sujeté con el brazo derecho a la pasajera de mi lado para que no se golpeara la cabeza, llevando el libro en la mano con el dedo índice como separador de páginas. Con voz fuerte dije algo así como “¡cuidado!”, lo que algunos interpretaron como una expresión de entusiasmo por la música, algo al estilo “¡Azúcar!” de Celia Cruz.
Como en cámara lenta se
dio la colisión y recibí un baño de monedas que salieron de la caja de cobro de la cabina del chofer. No me pegaron fuerte, como si lo hizo la caja de lonche que alguien perdió varios asientos atrás. Los gritos y maldiciones acrecentaron la escena. Un hombre sangraba de la cabeza. Más de seis mujeres lloraban. Las tripas, las mías y las que había comido, aguantaron el asalto.
Bajé del pesero
escuchando maldiciones y encontré una tragedia. En el coche que nos impactó de costado había una anciana desmayada y con el cráneo expuesto. No sólo eso. Habíamos pegado de costado a otro coche que se subió a la banqueta para quedar comprimido, con las llantas de lado, contra una esquina.
Juzgué que sólo estorbaba a los mecánicos y policías que llegaron corriendo para auxiliar a las pobres personas que iban en los coches. Nadie me tomó declaración. Me sumé a la multitud de mirones que se congregó hasta que llegó una ambulancia y escuché que había muertos.
Me persigné, seguí mi
camino y cuadras después me di cuenta. Mi libro, al fin y al cabo un desertor comprado en una librería de viejo, había buscado un mejor lector.
Yukio Mishima, como
aquellos desconocidos de esa tarde nublada, perdió la vida y por eso se suicidó; y su marino había extraviado el interés por el mar mas seguía siendo marino. Yo sólo había perdido una lectura pero podía recuperarla con un poco de suerte, como después ocurrió.
Las crónicas son la narración de mi heterónimo Francisco Fuensanta.
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