
“Hay dos clases de hombres en la Tierra, los que desean leer este libro y los que no desean hacerlo de ninguna manera. Los que están dispuestos a todo para alcanzar la Sabiduría y los que prefieren vivir sin preocuparse de los grandes misterios, aunque esta vida nos sea más que una ilusión. Los primeros nunca serán felices; los otros, por lo contrario, tienen una posibilidad de conocer la felicidad.”
Estas son las palabras que Johannes Kepler dice al emperador Rodolfo II en la novela de misterio
Manuscrito ms408 del autor francés Thierry Maugenest, publicada por Grijalbo con traducción de Pilar González Rodríguez. Y esas palabras pueden referirse a la lectura en general.
¿Quién puede preferir comparar libros a comprar ropa? Casi todos dirían: las estadísticas. ¿Una librería o una biblioteca pueden ser más atractivas que el baile? Eso es lo que, parece, nos contesta el sentido común. Tener un coche más o menos nuevo, parece hacer más felices a las personas. Incluso existen vendedores de libros que no leen libros, ni los hojean, ni les importa.
Manuscrito ms408, aunque sus personajes no pasan del esbozo y tiene varias inconsistencias, refleja un amor desmedido por los libros, tanto por el contenido como por las características físicas que los hacen objetos artísticos. Es una historia de bibliófilos y bibliómanos, personas que pasan sus días admirando sus bibliotecas, que acarician los florones de las cubiertas y huelen con voracidad el moho del papel.
No leo para adquirir conocimiento sino por el simple gusto de hacerlo, ese placer enfermizo que me hace desvelar por seguir viendo las historias y admirando la forma en que se cuentan. Sherezada es el verdadero ícono de los lectores; es la que cuenta sin saciar la sed, sin punto final, dilatando el tiempo. Leer es un camino sin meta porque no lleva al nirvana o a una realización.
Veo mi pobre biblioteca con tantos libros sobreleídos, pastas lastimadas y cantos sucios. Hay secciones muy cuidadas como la de libros de arte y la de la colección El Círculo de Diógenes de la editorial Valdemar. Tengo libros del siglo XIX. Es una biblioteca viva en cuanto a que se usa. No concibo vivir sin leer. Sin embargo, es la biblioteca que he podido tener y no la que he querido.
A veces tengo la aflicción de no poseer muchos y altos libreros estilo inglés de grueso roble color wenge y puertas de vidrio alineados en una habitación cupulada, con piso de duela oscura, una escalera en caracol hacia ninguna parte y paredes tapizadas de tela. Y sé que esos muchos y altos libreros contendrían manuscritos medievales, rollos de papiro, facsímiles de códices prehispánicos, ediciones renacentistas, bellos cómics, y los títulos que tengo ahora estarían forrados de vitela y con sus cortes coloreados; y todos los ejemplares llevarían mi exlibris de cuatro lobos de gules en campo de batalla. Y en un cómodo sillón color malaquita pasaría las horas sin tener que ir a ganarme el salario.
Pero vuelvo a mi realidad y abordo el metrobús de avenida de los Insurgentes buscando no ya un asiento sino un espacio suficiente para poder abrir un libro que leo a pesar de los golpes en la espalda, los olores de la buena gente, las conversaciones por celular del vecino y el malabarismo que implica el no perder el pasamanos.
La ilustración muestra una página del manuscrito Voynich catalogado como ms408 en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale.
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