Hay un viejo dicho de los libreros que indica que podrán faltar las ventas pero nunca el trabajo. Esa verdad no aplica en las librerías que sufren el sindicalismo a la mexicana, remansos donde lo importante es la radical defensa del trabajador incluso a costa de la destrucción de la fuente de trabajo. Los usos y costumbres en esos lugares son: trabajar lo menos posible y aprovechar todo lo que se pueda.

 

A fines de la década de 1980, siendo estudiante de Historia, visité por primera vez la librería de la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Me imaginaba encontrar a libreros capaces de atender a Edmundo O´Gorman, Octavio Paz o Leopoldo Zea, recomendar títulos o hacer investigaciones bibliográficas por encargo. Pensaba que esos libreros serían dignos representantes de la UNAM.

 

Cuando entré al lugar me quedé admirando la imagen de libreros y góndolas de madera y pilas de libros. Era un pequeño lugar alfombrado, muy bien iluminado, con bellos rótulos y un gran revistero con títulos que no conocía. Me desconcerté porque no había alguna alma, librero o lector. Salí a preguntar a un anciano vigilante si la librería estaba en servicio, quien me contestó que todos estaban allí e insistentemente me recomendó que me limpiara los lentes.

 

Cuando volví a la librería, examiné en soledad las mesas de novedades. Separé algunos títulos y al dar alguna vuelta encontré a un hombre en el suelo. Me acerqué a auxiliarlo y noté que estaba dormido sin zapatos. Supe que era uno de los encargados por la bata azul marino que llevaba el escudo de la UNAM.

 

Seguí recorriendo la librería y encontré a otro de los encargados dormido sobre varios libros en el hueco de la parte inferior de un librero. Al principio creía que era un hombre friolento pero escuché sus apagados ronquidos. Estaba ahí para no importunar a los demás, aunque me dio en la nariz que era una exigencia de quienes formaban el conjunto de “los demás”.

 

Por un buen rato seguí acumulando volúmenes cuando aquel que estaba en el piso se despertó y me preguntó.

 

–¿Qué haces aquí?

 

–Estoy buscando libros sobre historia –dije por decir algo para no avergonzarlo.

 

–¡Claro, estás en una librería! –me contestó en un tono de burla y balanceando el cuerpo con los brazos en jarras.

 

Pensé que el que no sabía que estaba en una librería era él, cuando advertí que aparecían otras tres personas, además del que estaba empotrado en el librero. El lugar era tan pequeño que no supe de dónde salieron esos cinco trabajadores.

 

–¿Vas a llevar todo eso?

 

–Si encuentro algo mejor devolveré alguno de estos tres –le contesté a un hombre canoso que parecía muy enojado.

 

–Ah no –exclamó otra persona y me arrebató los tres libros–, es que lo hacen trabajar a uno en balde.

 

Los miró por el lomo y me devolvió uno de ellos.

 

–¿Y este título por qué me lo regresas?

 

–Pertenece al área de trabajo del compañero Arturo que no vino a trabajar. No puedo devolverlo porque cuidar el orden de los muebles de esa pared le corresponde a él.

 

–¿Pero qué pasa si ya no lo quiero?

 

–Ves como no sabes ni lo que quieres y nos haces trabajar en vano.

 

Estaba impresionado, muy impresionado, tanto que amablemente les pregunté a quién le pagaba el lote de libros y ellos, sin decirme nada, fueron a despertar a la cajera que estaba en el suelo tras el mostrador.

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Etiquetas: Librerías, UNAM

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