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Técnicas artesanales en los libros mexicanos (I)

Hoja por hoja, junio 2008

Joaquín Díez-Canedo
Cada día, los avances tecnológicos permiten que los libros se hagan de forma más rápida y eficiente. Sin embargo, todavía hay quienes extrañan el golpe disparejo de los tipos móviles, el olor de la tinta y la formación de cajas de texto hechas de madera como parte inextricable del quehacer editorial. Como demuestra Joaquín Díez-Canedo F. en este texto, los editores mexicanos han sucumbido continuamente a la tentación de la producción artesanal, al lujo inmenso de hacer libros despacito
http://www.hojaporhoja.com.mx/articulo3.php?identificador=6792&numero=133&reportaje=1


“El taller Martín Pescador publicó su primer libro, Eólicas, por Cristina de la Peña, en agosto de 1975; ahora sale el segundo, Cepo de plumas, por José Antonio Montero. Estos libros fueron impresos en una prensa manual circa 1840 y encuadernados a mano. De esta manera se harán las futuras publicaciones. No se propone la búsqueda del libro bello, ni la creación de ediciones de lujo o de bibliófilo, sino la asociación entre un texto inédito imaginativo y el formato del libro mismo: crear un organismo estético. Se trabaja a mano porque sólo así puede el editor-impresor controlar cada fase de la producción. Para lograr coherencia en un libro, en la obra que es producto de un proceso de trabajo, es indispensable una mínima concordancia entre la elaboración misma del proceso y las herramientas, y los materiales. Se trata tanto de recuperar viejas tradiciones, desde Tycho Brahe y William Morris hasta Vargas Rea, como de intentar crear para el lenguaje nuevo la forma que éste exige.”

Transcribo el texto de un impreso sin fecha (ca. 1976) del Taller Martín Pescador, en el que Juan Pascoe, su fundador, publica su declaración de principios, o lo que de un tiempo para acá se llama “filosofía”. Es una de las posibles razones de ser de las ediciones artesanales, de índole estética, aunque pueden ocurrirse muchas otras, no necesariamente excluyentes: causas económicas o intenciones contraculturales, por ejemplo. En 1971-1972, Pascoe aprendió el oficio de Harry Duncan, poeta, editor e impresor que impartió cursos de tipografía, diseño y producción editorial en la escuela de periodismo de la Universidad de Iowa. Duncan imprimió en 1944 el primer libro de poesía de Robert Lowell, Lands of Unlikeness, y, más tarde, primeras ediciones de libros de William Carlos Williams, Wallace Stevens, Mariane Moore y Tennessee Williams. Las prensas manuales, los utensilios tipográficos y los tipos de metal que usó Duncan, y con los que aprendió a componer e imprimir Pascoe, no son muy distintos de los que usó Gutenberg a mediados del siglo xv. Aún hoy, las ediciones artesanales más finas se hacen con prensas antiguas reconstruidas, aunque ya hay algunas fundiciones modernas de tipos. En 1989, Duncan describió su trabajo como “hallar formas gráficas adecuadas a la poesía, cuya variada producción merece ser leída a la luz de nuestra gran tradición tipográfica.”

Esta más concisa exposición de motivos, que en jerga organizacional (palabra ésta última de la misma jerga) se llamaría “misión”, define un amplio nicho (valga el oxímoron) de la producción libresca contemporánea, que resulta del reflujo de la ambición estética de la poesía vanguardista, que empezó por romper con el metro y los géneros establecidos por la poesía occidental hasta mediados del siglo xix; encontró desde “Una tirada de dados. . .”, de Mallarmé, restrictivas las convenciones tipográficas y hasta editoriales; conoció sus extremos en los caligramas de Apollinaire y Tablada, o en los cinco metros de poemas del peruano Oquendo de Amat, y en México tuvo en Octavio Paz y Marco Antonio Montes de Oca a algunos de sus últimos exploradores. Las exigencias de la poesía a la página impresa desde entonces han dado lugar a su propia tradición editorial-tipográfica, cuya mejor expresión material son precisamente las ediciones artesanales. Se suma a esta determinación estético-técnica otra económica, pues entonces como ahora, con pocas excepciones, el mercado de la poesía se colma con pequeñas ediciones; y aun una última (o primera, en rigor) literaria, pues, de nuevo con excepciones, se diría que la creación poética suele darse en episodios más bien breves.

Como casi siempre que se habla de literatura, también en las ediciones artesanales resulta imprescindible referirse a Octavio Paz, pues sus poemas de mediados de los sesenta, escritos durante su estancia en la India, dieron lugar a ediciones que hicieron época e influyeron sin duda en el interés y el gusto que más tarde se desarrollaría por el diseño editorial y la tipografía. La primera fue Vrindaban, publicada en Ginebra, en 1966, por el editor francés Claude Givaudan. Se trata de un libro engargolado, con hojas de papel grueso dobladas asimétricamente, cada una de las cuales alberga dentro otra hoja sencilla que se descubre a través de ventanas recortadas en la hoja-envoltorio. La hoja doble es color arena; la interior, naranja oscuro; los textos están impresos en negro, en tipos Clarendon. A través de ventanas rectangulares suajadas en las hojas dobles, pueden verse las partes del poema impresas sobre las hojas naranjas. Al juntar los extremos de la hoja doblada, la asimetría del doblez provoca que el lado más largo se curve, de manera que una vez juntas las varias páginas de que se compone el poema, el legajo —que es el libro—, queda abierto como un fuelle. El estuche es una caja en forma de prisma triangular forrada de papel naranja. En 1967 Joaquín Mortiz publicó la primera edición de Blanco, quizás el poema formalmente más ambicioso de Octavio Paz y uno de sus cinco poemas extensos, en una edición de 500 ejemplares que pronto se reimprimió. Las precisas instrucciones de Paz fueron ejecutadas por el editor, Joaquín Díez-Canedo, con el auxilio del pintor y diseñador Vicente Rojo. Fue compuesto en linotipo —cosa nada fácil debido a las variaciones en la interlínea, los espacios entre las palabras y el registro de los colores—, en tipos Bodoni redondos y cursivos, impreso en negro y rojo, y encuadernado en acordeón, como libro japonés, pegando a mano los tramos necesarios para completar la extensión del impreso y con tapas sueltas de cartón en ambos extremos, todo en un estuche de cartón forrado de papel impreso. En ese mismo año, por cierto, Mortiz publica también la Poesía de Guillaume Apollinaire, en traducción de Agustí Bartra, que incluye los “caligramas”, poemas gráficos del escritor surrealista que requerían de extremar las posibilidades técnicas del linotipo. En 1968, la editorial Era publica los Discos visuales, diseño de Paz en nueva colaboración con Rojo, y en la Revista de la Universidad se publican los Topoemas, poemas visuales que en 1971 recogería Era en una edición de hojas sueltas dentro de un sobre. Vendría finalmente, también en 1971, una edición más, pero de ella hablaremos más adelante. (Continuará…)



Joaquín Díez-Canedo F., editor, es director editorial de la Universidad Veracruzana

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