La Jornada, Edición del 5 de agosto de 2007

Ricardo Bada
No cabe duda de que las lecturas modelan el espíritu. La actitud mental de un lector consciente de Hegel no tiene punto de contacto con la de un lector consciente de Corín Tellado, si es que existe alguien a quien poder calificar así. Lo que descolocaría un poco este marco referencial es el lector omnívoro, y su exponente mayor no es otra que Emma Bovary, quien afirma en un momento de la novela: J’ai lu tout. Mientras que, por su parte, Gustave Flaubert aseguraba que él era Madame Bovary. ¿Será pues que la heroína y su autor leyeron ese mismo "todo"?

Desde luego, tengo por seguro que Flaubert leyó mucho más, pero también lo estoy de que sí leyó todo lo que le hizo leer a su heroína. Y se ocupó de no escondernos, antes al contrario, ni una sola de esas lecturas de Emma. Tomen papel y lápiz, lean (o relean) la novela, y vayan anotando títulos y autores. Para cuando terminen, la lista será copiosa, pero ¡tan asimétrica!

Pablo y Virginia junto a un resumen de la Historia Sagrada (y esto, todavía, es más o menos compatible). Las conferencias del Abad Frayssinous para abrirle boca a las novelas de amor matuteadas por la solterona que lavaba la ropa blanca del convento. El Corbeille y La Sylphe des Salons, que equivaldrían a los actuales Marie Claire y ¡Hola!, tal vez para compensar una revista de medicina para profesionales (¡ay el pobre cornudo, monsieur Bovary!). El genio del cristianismo frente a Sir Walter Scott. El gran macho y la gran hembra, Victor Hugo y George Sand. El folletinista Eugène Sue haciéndole la competencia a Balzac. Los "meandros" de la poesía de Lamartine para descansar de la Historia y la Filosofía (autoadministrada en dosis "Homaisopáticas" quiero suponer). El manual Pensadlo bien combinado con De los errores de Voltaire para uso de los jóvenes y con El hombre de mundo a los pies de María. Y luego esos manuales de preguntas y respuestas, esos catecismos de después de su segunda y tan gran desilusión.

Llegando ya al final de la novela, Flaubert se vuelve menos y menos explícito, también él debe haberse cansado de la incurable esquizofrenia de su protagonista. Y nos dice que la buena señora leía libelos de un tono arrogante a la manera del señor de Maistre, novelas de estilo dulzón escritas por seminaristas trovadores o por marisabidillas arrepentidas (¿por qué no La Princesa de Clèves?), y unos libros extravagantes donde había cuadros orgiásticos con escenas sangrientas: habrá que pensar en el Divino Marqués, ¿o no?


Madame Bovary en versión fotonovela
Este es el balance completo del tout que Emma Bovary llegó a leer en su corta vida, aunque podría haber sido más amplio, como lo demuestran los muchos borradores de la novela que Flaubert conservó para eterno agradecimiento de sus exégetas. En ellos aparecen también cuentos de hadas, poemas de la desdichada Marceline Desbordes-Valmore (cuya biografía debemos a Stefan Zweig), El Robinsón suizo, de Wyss, la Corinne, de Madame de Staël, y Claire d’Albe, novela célebre por aquel entonces, de amor adúltero, donde su autora –Sophie Cottin– recrea el triángulo del Werther, de Goethe, desde la perspectiva de la esposa.

Regreso aquí, pues, al principio de estas notas, y subrayo que lo más interesante me parece residir en el hecho de que Flaubert no andaba desencaminado cuando afirmaba que él era Madame Bovary. En una carta a su confidente, consejera, amiga y amante Louise Colet, el 16/II/1852, le dice: "Acabo de leer para mi novela varios libros para niños; esta noche estoy medio loco por todo lo que ha pasado hoy ante mis ojos, desde viejos keepsakes hasta relatos de naufragios y filibusteros. [...] Llevo dos días procurando entrar en sueños de jovencitas y navegando para ello en océanos lechosos de la literatura de castillos, trovadores de sombrero de terciopelo y plumas blancas."

Flaubert leyó todo lo que nos iba a contar que había leído Emma, su criatura. Sólo así podía, sólo así pudo retratarla desde tan adentro, sólo así entenderla y transmitírnosla. Un proceso si se quiere inverso al de Don Quijote. Si Flaubert accede a una lucidez clarividente acerca de su personaje, es porque devora toda la basura con que también pensaba alimentarlo. Ello y no otra cosa es lo que explica el sufrimiento que padeció durante la escritura del manuscrito, una escritura que en ocasiones lo puso al borde del colapso nervioso y del derrumbamiento físico.

Ha pasado siglo y medio desde que Madame Bovary apareció como libro, tras haberlo hecho en forma de entregas en la Revue de Paris a partir del 1/x/1856. La lección del maestro sigue vigente. Pero casi nadie la ha aprendido. Y si me equivoco, díganmelo.

www.jornada.unam.mx/2007/08/05/sem-bada.html

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